Bolivia - Argentina grandes conspiradores de Chile
Chile en la Puna de Atacama
¿Qué siniestra historia rodea este sitio geográfico, alguna vez chileno? ¿Cómo fue posible que miles y miles de kilómetros cuadrados le duraran a la posesión efectiva de nuestro país menos de diez años? ¿De qué forma pudimos perder este territorio, que fue conquistado con la sangre de cientos de chilenos, pero entregado sin disparar un tiro?
Al finalizar la Guerra del Pacífico, Chile toma posesión de todas las tierras que posteriormente Bolivia y Perú reconocen como nuestras en los Pactos de Tregua que siguieron al conflicto. Los desiertos de Atacama y Tarapacá quedan completamente bajo dominio chileno y el territorio con el que quedarán las dos naciones enemigas sería sólo aquel que determinara la generosidad y buena disposición de Chile, en cuyas manos quedaba la existencia de Perú y en parte también la de Bolivia.
Al finalizar la Guerra del Pacífico, Chile toma posesión de todas las tierras que posteriormente Bolivia y Perú reconocen como nuestras en los Pactos de Tregua que siguieron al conflicto. Los desiertos de Atacama y Tarapacá quedan completamente bajo dominio chileno y el territorio con el que quedarán las dos naciones enemigas sería sólo aquel que determinara la generosidad y buena disposición de Chile, en cuyas manos quedaba la existencia de Perú y en parte también la de Bolivia.
Entre estos territorios por los que pelearon y murieron soldados chilenos, se encontraba la llamada Puna de Atacama, la meseta que formó parte del Collasuyo incásico; un interesante sector geográfico del altiplano, lleno de salares y geografía rocosa, situado al interior de la región de Antofagasta, cerca del Salar de Atacama. Es un área de unos 80.000 kilómetros cuadrados en forma de paralelógramo, cuya ubicación precisa se encuentra entre el volcán Licancabur, por el norte (20° y 54') hasta el Paso San Francisco (26° y 52').
El territorio pasó a control chileno con la ocupación militar de San Pedro de Atacama, en abril de 1879, desde donde se creó una delegación para la Puna. Allá sólo fueron encontrados algunos lugareños de origen indígena, menos de mil, viviendo en condiciones de vida realmente miserables.
A pesar de lo estipulado en el Pacto de Tregua de 1884, donde se reconocía la ocupación territorial y se daba pie a la cesión del mismo, Bolivia vuelve a sorprendernos con la promulgación de una ley en 1886, donde declara suyos estos sectores de la Puna de Atacama. Las presiones chilenas, sin embargo, consiguen que Bolivia firme un protocolo en Sucre, en agosto de 1887, para dejar momentáneamente detenido el problema. Pero al año siguiente, con motivo de la creación por ley de la provincia de Antofagasta, los bolivianos vuelven a reclamar, esta vez por el hecho de que se siguiera considerando como chileno este sector nortino, a pesar de que el Tratado de Tregua nos daba esa facultad irrenunciable. Es digno de destacar cómo la extrema debilidad vernácula de nuestros equipos diplomáticos, permitía con destajo a los bolivianos comportarse con la arrogancia del país vencedor y nosotros como los vencidos, al contrario de lo que resultó en la Guerra del Pacífico, que aún estaba fresca.
La conspiración argentino-boliviana
Es aquí entonces en donde se produce uno de los actos más increíbles protagonizados en la historia de la soberanía de América y quizás del mundo, cuando Bolivia, acostumbrada a la intriga y a los pactos secretos, negocia con Argentina un golpe bajo para Chile y, en prueba de la cultura, espíritu soberano y dignidad, le regalan la Puna de Atacama a Argentina esperando con ello desatar una guerra con Chile y recuperar parte de los territorios que reclamaban con anterioridad a la Guerra del Pacífico. Puede que Argentina (que se había aprovechado hacía pocos años de la situación bélica en que estaba Chile para rapiñarnos la Patagonia fácilmente, ante el temor de nuestras autoridades ha tener dos frentes de guerra) haya visto en esta situación una buena excusa para enfrentarse con Chile, como lo venían proponiendo los traidores "americanistas" de Sarmiento y Mitre.
Así, el día 10 de mayo de 1889, la Puna de Atacama de Chile es regalada por papeleo boliviano a Argentina a cambio de la renuncia de las pretensiones trasandinas en Tarija, y se inicia de inmediato un nuevo foco de tensión, mientras los bolivianos se sobaban las manos. El reconocimiento de la soberanía argentina en la zona es formalizado por Bolivia en marzo de 1893. Todo esto ocurría con las tropos chilenas en plena ocupación aún del territorio.
Las circunstancias obligaron a Bolivia a ratificar su regalo en diciembre de 1895, a raíz de las exigencias argentinas sobre los nuevos acuerdos de paz que los bolivianos proponían a Chile, aunque con tantas condiciones que quedó sin ser ratificado. Argentina había tomado gradualmente el timón del asunto y, aunque los territorios desérticos de Atacama les fueran inútiles a su centralismo, la oportunidad de adicionarse un nuevo trozo de suelo no fue desperdiciada.
El canciller chileno de esos días, don Luis Barros Borgoño, presionó a su colega boliviano a definirse en relación al asunto de la Puna y del acuerdo de Sucre, a lo que Bolivia respondió evasivamente, admitiendo el regalo a Argentina de 1893, pero agregando que la demarcación final debía quedar en manos de peritos, según el acuerdo. ¿De qué manera podrá ser explicada hoy -y con qué maquillajes- en las escuelas de los niños Bolivia, esta vulgar entrega gratuita de 80.000 kilómetros cuadrados de territorio supuestamente suyo?
La polémica se trasladó ahora entre Chile y Argentina. Bolivia se lavó las manos a la espera de los sucesos. Argentina no tenía ninguna disposición para arreglar el asunto y, como es costumbre, desarrollaron allá una fuerte campaña patriotera antichilena, reclamando "atropellos a la soberanía" y "derechos históricos" sobre un territorio vulgarmente regalado (Deja vú!... ¿Esto le suena a usted conocido? Es la estrategia utilizada en todas las demás entregas de territorio, incluyendo los circos de Laguna del Desierto y Campo de Hielo Sur, en la actualidad).
El Presidente Jorge Montt llegó a evaluar la posibilidad de renunciar a la Puna de Atacama por mantener la paz. El perito Barros Arana, en cambio, veía con pesimismo el riesgo de someter a arbitraje internacional estos terrenos. Sólo la insistencia de unos pocos hombres logró mantener el convencimiento y la voluntad de defender la Puna, tocando las fibras sensibles de los patriotas. Argentina, en tanto, se armaba y avanzó hacia la frontera veladamente, noticia que alertó a los chilenos volviendo a acercarse ambos pueblos a un peligro de guerra, quizás mayor que el de 1881, cuando Argentina exigió la entrega de la Patagonia.
El siguiente mandatario chileno, don Federico Errázuriz Echaurren, borracho de pacifismo y americanismo, optó por desviar el conflicto tomando la vía del arbitraje y, aunque los argentinos se resistían a esta alternativa decididos a una agresión, nuestras autoridades lograron convencerlos. Estaba escrito, sin embargo, que esta alternativa iba a ser un fracaso absoluto para nuestros intereses.
Un arbitraje "a la medida"del interés platense
Al no llegar a un acuerdo rápido las autoridades chilenas y argentinas, se solicitó la decisión del Ministro de los Estados Unidos, William J. Buchanan, para que, con un delegado de cada nación en disputa, resolviera el conflicto. En un increíble acto de inconciencia e ingenuidad política de nuestras autoridades, que bordea los límites de la normalidad intelectual, se restó importancia al hecho de que Buchanan, propuesto por los propios argentinos, era representante de los Estados Unidos en la Argentina, donde llevaba varios años de residencia, siendo un gran amigo reconocido de la nación trasandina, a parte de sus compromisos adicionales en ella. El representante chileno en las exposiciones del arbitraje era don Enrique Mac-Iver, y el argentino José E. Uriburu.
Durante todo el proceso, el árbitro norteamericano no hizo otra cosa que rechazar majaderamente los argumentos chilenos. Como era de esperar, la influencia argentina fue mayor y Buchanan resolvió dejarla mayor parte de este territorio a Argentina, delimitando la frontera con esa extraña forma recta que hoy presenta en la región. 20.000 kilómetros cuadrados de la Puna permanecerían en Chile. El resto de los 80.000 quedaban en Argentina, demostrando que Buchanan no reparó en derechos de una u otra nación sobre la zona, sino que intentó una repartición que consideró justa, o al menos proporcional al nivel de griterío que cada país emitía.
Fue así como una seguidilla de errores, traiciones y pecados de ingenuidad de nuestras autoridades, confiando siempre en la buena fue del otro (incluso del enemigo) nos llevaron a perder por culpa de la clase política chilena este sector de incalculable valor cultural, natural y soberano, la Puna de Atacama, en el Arbitraje de 1899.
Recopilación : Cristian Medina
Base : Historia Chile Limitrofe





